1. Introducción al juego
Mucho se ha estudiado acerca del juego
infantil y existen múltiples teorías al respecto (cognitiva, funcionalista,
naturalista) (Fodor, E. et al. 2004). Gracias a ellas sabemos que un niño sano,
que se siente amado, que tiene todas sus
necesidades básicas cubiertas, juega. Y que el juego va de la mano de su
desarrollo evolutivo. Entonces esta actividad no la podemos separar del tipo de
pensamiento, del nivel de lenguaje y comunicación, de la motricidad fina y
gruesa, del desarrollo afectivo y social que tiene el niño. Existen también
otros factores que influyen en la conducta lúdica, como el entorno en que el
pequeño crece, la motivación que recibe del exterior, las posibilidades o no
que se le dan para que explore su cuerpo, el espacio, los juguetes, etc.
Según Winnicott (2001), un niño
juega por muchas razones: lo hace por puro placer, para expresar su agresividad,
para vencer su angustia, para acrecentar su existencia, para establecer
contactos sociales y para comunicarse con los demás. Winnicott (2001) está
convencido de que si un niño juega mucho y bien es, sin duda alguna, un niño
esencialmente sano.
Cuando juega solo ó con buenos
compañeros, ya sean de su edad o adultos, obtiene grandes beneficios que
favorecen su desarrollo global y adquiere nuevos aprendizajes que naturalmente
trae aparejado el juego. De este modo, evoluciona a nivel psicomotor,
desarrolla la imaginación y creatividad, la memoria y la atención. Comienza a
ver que hay otros puntos de vista, adquiere habilidad para comunicarse con las
personas, lo cual favorece y facilita el proceso de socialización. Mediante el
juego, el niño también desarrolla el pensamiento y discrimina con mayor
facilidad la realidad de la fantasía; elabora situaciones que le resultan
conflictivas, ya que puede manifestar libremente sus emociones y sentimientos
porque sabe que dentro del juego esto es posible y fuera de él no.
Por lo tanto, la importancia que tiene el
juego en la vida de niños y niñas está ampliamente reconocida. En estos
momentos, los educadores/as no dudan de la necesidad de jugar que tienen los
pequeños para realizar un desarrollo equilibrado. Estos utilizan el juego
como una herramienta de relación con los otros, con el entorno social o consigo
mismo.
De este modo, el juego se plantea como una
actividad natural de niños y niñas, que les proporciona placer, satisfacción y
diversión. Es, por tanto, una actividad motivadora en ella misma. Además, es un
medio del que disponen para experimentar cosas nuevas, para probar nuevas
habilidades, para ejercitar y poner en acción habilidades propias entre otras. Permite,
por tanto, desarrollar capacidades de toda clase (intelectuales, físicas,
emocionales, sociales...), así como conocer cuáles son las características
propias, las posibilidades y los límites personales. El juego también permite
establecer relaciones con los otros niños y niñas. Al mismo tiempo, le permite
ir entendiendo el mundo que le rodea, dominarlo organizando este mundo de la
manera que le sea más fácil. Este conocimiento del mundo social va acompañado
con una asimilación de la estructura social que envuelve a la niña y al niño;
de los valores, de las normas, de los hábitos sociales que la identifican. Con
el juego, por tanto, el niño está aprendiendo cómo es la sociedad que le rodea
y cómo funciona, al mismo tiempo que se incorpora a ella como ser social.
De todo lo referido, deducimos que el
juego es primordialmente una fuente de placer y de aprendizaje, que ayuda al
niño en su desarrollo personal y social. Estas características son las que dan
riqueza a esta actividad infantil, y además posibilitan el que el educador/a
puedan aprovecharla como instrumento educativo.
El juego, además de ser una actividad
infantil que utilizada para divertirse, para ejercitar sus habilidades, para
aprender cosas nuevas o para relacionarse con los otros, es también un
instrumento de transmisión de valores y normas sociales, así como de tipo de
relaciones establecidas entre las personas. Juegos y valores son términos
relacionados, dependientes y que se complementan a la perfeción. Dentro del
juego podemos encontrar numerosas acciones cargadas de valores y actitudes personales
y sociales que, si bien no es cierto que los niños las aprendan de modo
idéntico, sí son elementos de los cuales pueden aprender, relaciones que se van
considerando normales y válidas socialmente; elementos que, por estar
presentes, ya tienen más posibilidades de influir que aquellos que no lo están.
Aquello que el niño no conoce, a lo que no juega, lo que no trabaja, no forma
parte de su experiencia y, por tanto, no puede compararlo con nada más ni
escogerlo, si fuera el caso.
Actualmente, existen numerosos tipos de
juegos (cooperativos, modificados, etc.), pero en este trabajo vamos a
centrarnos en los juegos paradójicos como medio educativo y también en su
táctica.
Según Parlebas (1981), “un juego paradójico
es aquel en el que cualquier persona puede intervenir como compañero y al mismo
tiempo como adversario”.
Las redes ambivalentes permiten que los
jugadores mantengan al mismo tiempo relaciones de comunicación y
contracomunicación. Es decir, las reglas admiten la posibilidad de que el
jugador elija qué tipo de comunicación práctica establecer y con quién. Al ser
las relaciones de solidaridad u oposición imprevisibles y cambiantes, la
ambivalencia "instaura la contradicción permanente" (Parlebàs, 1989,
p. 218). No son las reglas del juego, sino la voluntad del jugador lo que
determina las relaciones de comunicación y contracomunicación. Como resultado,
estas son redefinidas por los propios jugadores en juego.
La lógica paradójica es
el sistema de rasgos pertinentes de las situaciones en las que el jugador puede
decidir cómo se establecen las relaciones de comunicación o contracomunicación
motriz. El resultado final deja de ser un aspecto relevante para determinar el
interés del juego, bien porque no hay un resultado final (como en las
"cuatro esquinas"), o bien porque cuando más cerca está de
alcanzarse, más posibilidades existen de que se vuelva a empezar (caso de la
"pelota sentada"). Esta relativa falta de interés del resultado final
traslada el atractivo del juego a las innumerables situaciones que se suceden
sin un aparente orden lógico durante el transcurso del juego.
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